Perros, chuchos, canes, cuzos, chusqueles, tusos, gozques, cadillos, perrezos, cachorros...
Todavía llevabais pantalón corto ese año, aún no fumabais, entre todos los deportes preferíais el fútbol y estabais aprendiendo a correr olas, a zambulliros desde el segundo trampolín del «Terrazas», y erais traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles y voraces.
Yo apenas era una lobezna cuando me acerqué sin cautela a tus cachorros loquibambios, atraída por la curiosidad y el olor a tanta vida enfebrecida. Tú, aunque no lo pretendieras, también eras uno de ellos, chaconcito cachorro, disfrazado de narrador-cronista sobre un travelín.
Fue inútil leerte, la más improductiva de las inversiones de tiempo, lo sé, porque aquella historia, aquella primera historia con la que te metiste en mi vida —yo no te di permiso; quiero que lo sepas—, aquel artificio de tu imaginación no mejoró mi rendimiento en los estudios ni incrementó nuestra economía doméstica ni produjo ningún bien material cuantificable. Sin embargo, me diste la posibilidad de romper las coordenadas espaciales y temporales para llevarme a ese Miraflores de la década de los cincuenta, a correr olas, a ser confidente del inadaptado Cuéllar o al gallinero del cine Excélsior, a ver películas de Cantinflas y dramas impropios para señoritas.
El gemido de tus cadillos miraflorinos, como una futilidad más, se erige victorioso como efectivo purgante para dos de los grandes enemigos del ser humano: el tedio y la burricie.
No voy a prodigarme en elogios ni simular afectos que no conseguirían impresionarte, simplemente quiero comunicarte mi firme decisión de ingresar en tu rebaño de inquietos lectores, para seguir abrevando en las fuentes de tu mejor literatura. O sea: siga escribiendo.