RESEÑAS LITERARIAS

EL GRITO, DE ANTONIO MONTES.

“Es terrible esperar la muerte —se dice al principio de la novela—. La muerte de la madre, escasa, apagándose. […]. El grito llega desde el dormitorio.

Una sobrina sola con la recién muerta, acaba de cesar la respiración, como si no tuviera la más mínima importancia. El pecho, viejo, cansado, se ha quedado quieto y la mujer lo ha visto. Ella tampoco olvidará nunca estos momentos cuando su voz ha servido para terminar con la espera.”

Un grito es una expresión violenta de dolor, de escándalo o de tragedia. Un grito, el de la sobrina de la difunta, pone en marcha la novela y despide una vida que estaba en su ocaso. Otro grito, esta vez de escándalo y reprobación, por parte de la hija de la difunta, cierra la novela.

Los personajes de El grito, primera novela de Antonio Montes (Montejaque, 1980), son como esas pequeñas teselas de mosaico que, unidas, conforman una realidad completa y compleja, mientras que en su individualidad carecen de poder definidor; por eso ninguno de ellos tiene nombre,  ninguno excepto los hermanos, Carlos y Luis, nietos de la difunta, los únicos que necesitan ser nombrados porque son protagonistas y portadores de una historia vergonzosa y secreta.

El microscopio del narrador aumenta, a la luz de conversaciones fútiles y anécdotas nimias el cuadro de virtudes y vilezas que acompaña al ser humano: vecinos que llenan de flores, bebidas y platos de comida la vivienda de la fallecida, pero también individuos adocenados que miran con cara de desconfianza, un cura ateo en sus ratos libres, hombres que dan un pésame que no sienten, familiares que gimotean con teatralidad, mujeres cotillas y criticonas con luto perpetuo que secan en su rostro lágrimas inexistentes.

El retrato que nos ofrece el autor, a veces despiadado, no ofrece espacio para la compasión ni el paternalismo: “para cuatro gatos que somos en el pueblo podíamos llevarnos todos bien”, se dice.

Existe en la novela una correspondencia entre fondo y forma. La sintaxis condensada se ajusta, en una disposición transgresora de normas, a los parlamentos y monólogos interiores de personajes rurales que actúan a veces con la fuerza narrativa de los coros griegos e intensifican ese ritmo lento y monótono en que se suceden y viven ciertos eventos en los pueblos.

El grito es una novela en la que la simpleza del argumento principal, el velatorio, es lo de menos. La fuerza la adquiere esa segunda línea melódica argumental que recorre de forma subrepticia e inquietante la novela: la historia de los dos hermanos, cuyo desenlace se anuncia a  través de distintas prolepsis que alertan continuamente al lector y lo ponen sobre aviso.

En algunos pueblos, el tiempo pasa muy despacio, las horas transcurren con un tedio e imperturbabilidad que daña. En El grito, Antonio Montes no ha querido reseñar eventos determinantes, quizá para incrementar ese sofoco, ese bochorno, que experimentan dos adolescentes dentro de los límites de un localismo que los embrida y aprisiona.

Reseñas recientes RESEÑAS RECIENTES